lunes, 27 de noviembre de 2017

La mujer del vestido negro.

El olor era dulzón y nauseabundo, mezcla de melocotón, vainilla, y parafina combinado con un aroma agrio, como de sudor. Las velas que se remplazan tan rápido como se consumen, proyectaban luces mortecinas que no alcanzaban a disipar las tinieblas del salón a medio iluminar. Costaba trabajo abrirse paso entre los crisantemos y los gladiolos.

Se quedó de pie en uno de los pasillos laterales, la sala estaba llena, tan solo las bancas de la primera fila, las que están detrás del par de reclinatorios que están frente al féretro, estaban disponibles; pero no consideró prudente sentarse en ellas. Le molestaba particularmente el rito de tener los féretros abiertos para despedirse de los difuntos, además, pensó —No soy pariente cercano —.

Miró su reloj de soslayo, no quería parecer ansioso o grosero, pero había pensado estar poco menos de treinta minutos, ofrecer el pésame y retirarse de forma discreta; —Así habré cumplido con el rito social de despedida— murmuró para sí.

Por extraño que pareciera, todo esto le resultaba un tanto sicalíptico, sentía que era algo escabroso, casi obsceno; era un ambiente lascivo y voluptuoso quizá provocado por la culpa de sentirse vivo o quizá tan solo era un estado de ánimo generado por la dama de vestido negro que dé pie, estaba a su costado derecho. La mujer estaba con la mirada perdida, no en el féretro, no en el piso, era en algún punto indefinido, como si estuviese sumida en sus propios pensamientos. Se notaba afligida, pero no en exceso, era una tristeza más bien indefinida un tanto soporífera, quizá causada por la mezcla de los crisantemos y gladiolos con el humo que despedían los cirios.

Mantenía las manos entrelazadas por detrás de su cintura, lo que realzaba la curvatura de sus caderas. De forma intermitente las desenlazaba para jalar el filo del vestido que dejaba al descubierto sus blancas piernas, en un intento para cubrir sus muslos que reflejaban la tenue iluminación del lugar, como si quisiera disimular la humedad que parecía bullír desde sus bragas y llegar hasta sus pantorrillas. Él se sentía afiebrado, un tanto indispuesto e inquieto. Sentía la incipiente efervescencia de su entrepierna, similar a las maniobras de guerra que realizan los ejércitos previo a lanzarse a a la batalla. 

Ella con un movimiento grácil y dejando ver sus manos de dedos largos y uñas impolutas, apartó con un suave movimiento el cabello que caía sobre su rostro. Él imaginó esas manos recorriendo su torso desnudo, enredándose entre los bellos de su pecho, mientras ella se quejaba de aquello con fingido mohín. De pronto, ella giró su cabeza hacía él, mas como un gesto involuntario que como algo premeditado; pero él, por respuesta llevó su mirada de golpe al suelo, hacia los zapatos de ella, hacía sus tobillos. Inmediatamente se arrepintió y comprendió que había sido una pésima elección, ahí, en el filo del tobillo, parcialmente escondido por el contrafuerte de los zapatos sobresalía un pequeño tatuaje; apenas un trazo ligeramente curveado en ambas puntas, como si un pintor descuidado hubiera marcado su lienzo al cambiar de pinceles. 

La de él pudiera haberse confundido también con una tristeza imprecisa, vaga, lejana; lo cierto es que no podía apartar los ojos de ella, a intervalos, dirigía su mirada a sus piernas, a sus pechos, sus caderas, sus manos. Se imaginaba recorriendo esas piernas bien torneadas con las yemas de los dedos; llevando las manos por debajo de su vestido en ruta ascendente; abrevando en la humedad de sus bragas, llevando hacia su boca, con ansia pero con tiento aquel licor, como un forastero que llega a la cantina después de una ardua jornada bajo el sol; continuar su camino por su cintura, recorrer en círculos aquel vientre que denotaba firmeza sin ser totalmente llano, más bien voluptuoso antes de emprender la ruta final hacía sus pechos cubiertos por un sencillo y suave sostén negro de satín como la nieve cubre las montañas en una suave mañana de invierno. . .

Un sollozo interrumpió su camino, lo llevó de regreso a aquel lugar, lo sacó de su quimera, de su irrealidad. Llevó las manos al puente de su nariz, como masajeando el ligero dolor causado por unas gafas imaginarias, ajustó el nudo de su corbata y miró el reloj, sorprendido reparó en que llevaba poco más de tres cuartos de hora; inspiró de forma profunda y por última vez aquel ambiente dulzón y nauseabundo, como queriendo llevarla a ella en el recuerdo, en aquellos aromas. Sin despedirse y apenas levantando la cabeza, miró nuevamente a la mujer del vestido negro, y se marchó. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Silencio.

I
Había perdido la noción del tiempo, no recordaba cuanto tiempo había estado sentado frente a su escritorio repasando esos malditos informes. Masajeo el puente de su nariz con los dedos, allí donde unos imaginarios lentes habían dejado pequeñas marcar rojizas. Giró la cabeza hacia su derecha con dirección a la gran ventana que daba al norte. En algún momento la luz del día había empezado a extinguirse, una luz mortecina iluminaba tímidamente los valles de aquel campo. A lo lejos, se veían de manera intermitente, las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Calculó que debía ser poco mas de las seis de la tarde. El horario de verano, definitivamente, no le sentaba nada bien. Tomó su taza de café y bebió un sorbo de los restos que aun quedaban, supuso que el líquido ya estaría frio. Nuevamente acertó.

«He de haberme quedado dormido» pensó poniéndose de pie. Con todo y que la puerta de su oficina estaba entre abierta, no oía ningún ruido. Probablemente ya todos se habían marchado, pero al menos debería estar escuchando el monótono motor de las aspiradoras del personal de limpieza. Ordenó los papeles que tenía frente a él, dejó el lapicero en el recipiente porta plumas, se puso de pie y acomodó la silla metódicamente en el escritorio. Él no reparó en aquellos movimientos rutinarios, pero aun y que se sentía un tanto atribulado, no se daba el lujo de abandonar la pulcritud de sus hábitos.

Caminó unos pasos rumbo a la puerta de la oficina, abrió la puerta lentamente y se dirigió al escritorio más próximo, el área de los analistas de riesgos, era raro no toparse con algún rezagado, o con un novato que le había tocado preparar los reportes que indefectiblemente debían estar en su escritorio a las 7:45 de la mañana de lunes a viernes. Intentó aflojarse el nudo de la corbata, pero su mano se topó con el cuello de la camisa desabotonado, olvidó que desde hacía un par de años ya no se usaba corbata en la oficina. Sus pasos resonaban en la duela del pasillo, le sorprendió notar el murmullo de las pantallas de los ordenadores encendidos. Un suave siseo de estática que en el trajín del día a día, se pierde entre los cientos de voces del piso. Una leve pero perceptible corriente eléctrica lo recorrió por la espalda, se sintió repentinamente incomodo, se detuvo en medio de una intersección de pasillos y se asomó por encima de los cubículos de las oficinas. No escuchaba nada, el aire acondicionado debía estar apagado, pues, aunque la temperatura era agradable, no corría ni una pizca de aire. Solo el siseo de la estática. Instintivamente llevó las manos a los bolsillos, era como un acto reflejo de estupor, pero también de defensa, como si con eso lograra mimetizarse con el ambiente y pasar inadvertido.

Parecía como si todos se hubiesen puesto de pie, tomado sus artículos personales y abandonado la oficina de forma apresurada. Las sillas en los escritorios estaban dentro de su respectivo cubículo, sin orden alguno; como cuando sentado te impulsas hacia atrás para levantarte de tu escritorio y la silla queda dando un medio giro producto del impulso que segundos antes dejas la silla busque su acomodo después del impulso que recibió momentos antes. Era como si hubiese habido un simulacro de evacuación, donde las reglas de seguridad te prohíben hacer nada; aunque él sabía que en un simulacro la gente procura dejar las cosas un poco más en orden, pues finalmente la alarma es ficticia, es solo eso, una recreación. Pero en este caso él no había recibido el aviso de ningún simulacro, ni había escuchado el sonido de las sirenas, por más que se hubiese quedado dormido, tendría que haber escuchado algo, con o sin sirenas; con o sin simulacro; un edificio repleto no se puede desalojar sin hacer al menos un poco de ruido.


Su incomodidad se convirtió rápidamente en inquietud, aquello no era normal, ese silencio, ese siseo de las pantallas. No, definitivamente algo no estaba bien; algo no le estaba haciendo sentido de todo eso. Sintió las axilas húmedas y pequeñas perlas de sudor en la frente; había algo en aquella quietud que le molestaba…

martes, 19 de septiembre de 2017

De entre sueños

En un primer momento del sueño, estoy de pie, en un salón de clases al que me referiré más adelante con una persona, un hombre al cual no puedo identificar pero que su presencia me resultaba familiar. Era una persona que viajaba en el tiempo con el fin de alertar o ayudar a las personas acerca de situaciones, personas o eventos que deben evitar involucrarse. Un personaje como el del programa de televisión “Quantum Leap” la diferencia es que el recibía los avisos o encargos, por medio de un post-it. 

Esta persona no podía mostrar a quien iba a ayudar el post-it, solo podía darle indicaciones o consejos. Sin embargo, yo empecé a forcejear con él y después de un rato logré arrebatarle el mensaje. Lo único que alcancé a leer, antes que esta persona lo pudiera recuperar fue: “Rogelio debe evitar relacionarse con X” (aquí venía un nombre de mujer extranjero del cual solo recuerdo iniciaba con N). Él, molesto, se fue sin explicarme más detalle.

En mi sueño, yo estaba soltero y vivía aún con mis papás en la casa que rentábamos cuando llegamos de Cuernavaca a vivir a Monterrey en 1986. Mis hermanos ya estaban casados y no vivían en la casa. Ese día hubo una comida familiar con la familia de mi madre, los González, y yo tenía una colección de güisquis y tequilas, y mi mama se los ofrecía a mis tíos y primos sin consultarme antes. 

—Tengo de otros que podemos ofrecerles, pero esos son especiales para mí— le dije a mi madre molesto, al tiempo que veía como se servían derramando la bebida y tomándola como si fueran carreras y sin disfrutarlo. Esto aumento mi enojo al grado que me sentía furioso, por lo cual me dirigí a la cochera de la casa; en ese momento llegaba mi hermano Ernesto, el segundo, y por algún motivo mi papá estaba enojado con él y no lo dejó entrar a la casa. Eso me sacó de mis casillas, le pedí a mi hermano su carro (un Jetta negro noventero; de exportación, flamante) tomé mi mochila (extrañamente aún estaba en la universidad) y me fui rumbo a la escuela.

Al llegar, traía una botella de vino, sin embargo, no la podía ingresar al colegio, y al pasar por la recepción (aquí evoco la recepción administrativa de la secundaria donde estudié) la escondí entre mi brazo y mi cuerpo. No obstante, al dejar la recepción y voltear a la derecha rumbo a los pasillos, escuché que la recepcionista reportaba a alguien que yo traía una botella de licor y que debían quitármela; mi reacción fue esconderla.

En el pasillo había mesa-bancos afuera de uno de los salones, con un tapete encima, por lo cual ahí dejé la botella y me encaminé a otro salón. En ese momento, escuché la voz de una mujer que me decía, ven, ya traigo la botella, escondámonos en este salón. 
Sí; era ella, la mujer del post-it, la cual debía evitar y a la cual no debía acercarme. No la conocía y nunca la había visto, pero en ese momento tenía la total certeza de que era ella; era N… una mujer apenas entrando a sus cuarentas, delgada y estatura media, piel blanca de tono cálido, rostro ovalado salpicado de unas cuantas pecas, grandes ojos expresivos color miel con el cabello lacio, hasta media espalda, de color castaño con ligeros toques cobrizos y una sonrisa sencilla y caída. 

«No» pensé de inmediato; ella es a quien no debo acercarme.

De aquí en delante el sueño se vuelve confuso, recuerdo que entramos al salón, ella tenía la botella aun cerrada. No me quedaba claro –aún- quien era ella. Podría ser una maestra, o quizá no. Recuerdo que al momento verla me sentí enamorado, atraído a ella de forma instantánea e incontrolable. Sentía que la conocía. . . en estos momentos mi sueño se confunde con una estación de tren, ella partiendo. En momentos yo estoy despidiéndola desde el anden y ella asomada por la ventana; y en otros estoy abordando el tren con ella, tomados de la mano. Luego mi sueño regresa al salón de clases, quería tocarla, pero sabía que debía huir, era todo tan claro desde el punto de vista racional; pero tan confusos mis sentimientos. Y sin embargo yo no me movía; la escuchaba hablar, reír, mirarme a través de esos ojos de forma profunda y sonreírme de tal forma que me paralizaba. En esos momentos ya estaba consiente que estaba en un sueño, que ella no era real, yo sabía que estaba acostado, pero, aun así no quería despertarme ni irme de ese lugar, de ese salón, de ese tren.

Dentro de mí

Ella estaba sentada frente a mí con la atención fija en la hoja que sostenía en su mano derecha; con la izquierda jugaba distraída con un mechón de su cabello que acomodaba cansinamente detrás de su oreja para que éste, rebelde, regresara a su rostro a los pocos segundos. Frente a mi tenía un taza de café que acaba de rellenar por tercer ocasión, intentaba fijar la mirada indistintamente en la taza y en la decoración del salón donde nos encontrábamos. Lo cierto es que de soslayo me mantenía atento escudriñando su rostro en busca de alguna reacción. A través de sus labios ligeramente entreabiertos pude atisbar un breve temblor de su labio inferior. Me resultaba imposible abstraerme de su belleza. Ella se volvió hacia mi consciente que la vigilaba e intentó disfrazar su rostro con una reacción neutra y apretar fuertemente los labios en forma de medio moño; pero el rubor que le recorría la delataba.

—Te has metido dentro de mí— suspiró casi sin aliento.

miércoles, 22 de abril de 2015

Del vestido a rayas.

El fingía que la miraba; intentaba, sin éxito, hacer caso omiso a las delgadas pero continuas líneas del vestido que bailaban al compás de su ansiedad, había una cantidad enloquecedora de rayas. Se sentía desorientado como aquel hombre que intentaba ponerse el pulóver azul; y no quería que su impaciencia se convirtiera en angustia por ver aquellas piernas.

Se entretuvo haciendo girar los cubitos de hielo en su vaso de whisky; las pequeñas perlas de agua que se condensaban en el vaso atrajeron su atención, pero de inmediato se dio cuenta que había sido una mala idea, pues imaginó a esas mismas esferitas de agua recorrer aquellas largas piernas en forma de sudor.

Centró de nueva cuenta su atención en el vestido de color manzana, o color ciruela, quizá color pera, aunque hubiese jurado que era de color fresa. Necesitaba una coartada (pensó); y entonces ella tomó un breve sorbo de whisky (¡una distracción en la mirada de ella!; ¿deliberada?) le dio su gran oportunidad (¡oh! Bendita distracción exclamó él) y volteó a ver sus esbeltas y torneadas piernas. ¡El vestido se reducía!; aquello era similar como una flor que tira tímidamente sus pétalos hasta dejar al descubierto un pequeño bulbo al centro, tan rojo, tan inexplorado, tan misterioso...

Pero solo imaginaba aquel vestido a rayas. Esa prenda de vestir se convirtió en su enemigo. Lo retaba, y en un dejo de soberbia de éste, le mostró con sarcasmo un poco de aquellas piernas. El sur declaraba una guerra civil al norte de mundos inexplorados, tierras dispuestas a ser cartografiadas por dedos expertos.

Entonces, sin previo aviso, interrumpió una tempestad; ella se recostó al tiempo que aquel vestido emprendía una retirada, con una rapidez que en esos momentos parecía increíble, el vestido, como aquellas bebidas que se suben a la cabeza, emprendió la misma ruta; ella se estaba desnudando, era algo inconcebible. Todo se volvió de inmediato convulso; esos labios, (¿le estaban besando esos labios?). Las olas de su ansiedad se elevaron creció con furia, cada una sobrepasando a la anterior. El cuerpo de ella golpeó contra el de él de manera salvaje, como el del barco que encalla en la arena. Era como estar a la orilla del acantilado; huir o rendirse. El silencio rugía como trueno, sus labios besaban con tal fuerza que incluso le era difícil mantenerse de pie, se sujetó desesperado a los brazos de ella chocando contra sus senos que eran como puntales de acero. Por si fueran pocas las dificultades que enfrentaba, ella lo desvistió y los peligros se multiplicaron; ahora andaba por tierras desconocidas; una bruma marina le cegó por completo caminaba a través de tierra húmeda, tan blanca y tan húmeda, avanzaba de manera fantasmal por esas tierras frías y vaporosas…

Fue necesario soltar su vaso de whisky o de otra manera las desgracias de la noche hubiesen aumentado considerablemente; alzó la cabeza y repentinamente los destellos de una luz titilante hicieron retroceder el viento de su cabeza hacia el este y la neblina se diluyó. Entre ella y el puerto se había erguido un gran arrecife, casi infranqueable, que mantenía al navío a una distancia segura de ese acantilado.

Entonces el (aún) fingía que la miraba a los ojos.